La prevención de las adicciones en la familia

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Por el Lic. Fernando F. Petroni, delegado del CONSUDEC ante el OPRENAR y director del Área de Familia del Centro Asistencial Arche

ffpetroni@arche.org.ar


Causas remotas de las adicciones

Las adicciones crecen de manera epidémica en las sociedades modernas y, por supuesto, entre nosotros. Las causas son complejas y múltiples; algunas a la vista  y otras no del todo conocidas. Quienes, por razones profesionales o de otro tipo, nos hemos adentrado ya sea en el acompañamiento a quienes la padecen, o a reflexionar y actuar sobre la legislación vinculada al hecho, o en acciones y programas de prevención sabemos desde hace décadas que esta realidad va e irá in crescendo. En un artículo publicado en  Signo en  2008 (“Subjetividad actual y adicciones”) hablábamos del sustrato cultural en la pandemia de las adicciones y su vinculación con el desánimo y desencanto por la pérdida de las “utopías”. El progresismo entendido secularmente como la convicción y empeñosa apuesta a un porvenir superador –característica de la generación de mis abuelos a principios del siglo pasado, es hoy en nuestra querida y dolorida Nación solo un recurso ideológico al servicio y justificación de una mirada resentida de la historia que presenta lo heredado como injusto e infeliz, pero promete la construcción titánica, a golpes de hacha y palo, de un mañana de hermanos solidarios. Mañana que nunca muestra sus inicios. La des-gracia de la desesperanza, signo del estado actual de la cultura occidental (¿cristiana?) desde la posguerra, oscila entre el escepticismo sobreadaptado  y las respuestas pragmáticas de corto plazo.

En verdad el desencanto y temor frente al futuro que se vive en clave amenazante, se halla en la urdiembre de los comportamientos evitativos, de fuga o postergación, propios de la adicción entre jóvenes y adultos de hoy. Si bien la adicción puede presentarse en muy variados “cuadros clínicos”, tipos de personalidad, “estados de salud”, dotación cultural y educativa, nivel socio económico o características y estado de los vínculos familiares, en su gestación se va cristalizando, centralmente, alrededor de miedos, inseguridades, carencias mal vividas y dramáticas tensiones de las que se intenta huir. El consumo de tal o cual sustancia u  objeto es un espacio-momento de satisfacción que compensa una angustia y un dolor no enfrentada, no compartida, vivida en soledad y temor. La tensión propia del vivir no es “soportable” y el consumo garantiza un refugio al que volver. Lo trágico es que ese refugio es una realidad “virtual” y ante la otra, la real, el sujeto se siente cada vez más frágil e impotente, y ahora culpable por eludir. Los adictos llaman frecuentemente “la novia” a su sustancia. Una novia que consuela y miente de mil maneras. Y el infierno crece porque él sabe que le miente. Manuel Moretti, líder de una banda de rock platense entrevistado por Clarín semanas atrás lo dice clarito y con tremenda autoridad testimonial: “las épocas de soledad y encierro son tremendas. Mi hija, que no estaba en los planes de nadie, me dio una mano enorme. Y logramos tener una vida dichosa. (…)  El sexo, droga y rock and roll, por una lado, es fatal. No es broma. Las adicciones te comen crudo. No es nada divertido.” Por supuesto no es casual que su último CD de estudio se llame “Solo por hoy”.

Disponiéndonos a prevenirla

Pero, adentrándonos en nuestro tema, propongo no perder de vista una evidencia: prevenir no es evitar, ni eludir. Al menos con suma frecuencia. Y ello no necesariamente debido a que la prevención no haya sido la adecuada. Sino por el hecho incontrastable que mencionábamos arriba: las adicciones son una realidad multicausal que aparece como consecuencia de desórdenes estructurales que trascienden la instancia de lo personal, lo familiar, y hasta del mismísimo Estado, entre otros. Prevenir es ver venir, anticipar la posibilidad de que ese mal sea, o llegue a nosotros. A veces esta prevención (pre-visión) asociada a otras causas o motivos elude, impide que la adicción llegue a ser tal. A veces no. Pero ello no hace inútil o sin sentido tal prevención ya que debido a las acciones realizadas el mal previsto es mitigado, acotado, felizmente solucionado,…o superado; esto es:  bien vivido. Nuestra esperanza debe ser purificada de su remedo banal: el optimismo triunfalista. Y las familias deben superar la tentación del gueto defensivo. Por un lado simplemente por ser irrealizable por la alta permeabilidad de las fronteras entre su interioridad y el resto de la vida social. Y por otro porque la pureza no es la característica de los vínculos humanos, aún de los familiares.

Pero lo maravilloso es que en la misma disposición y acción de prevención es que estas impurezas se corrigen, y el sujeto se templa, fortalece y crece en él el compromiso esperanzado, tanto como la aceptación y docilidad a los hechos.

La prevención primera, y por lo tanto destinada a que no solo las adicciones sino también otros males de carácter personal no lleguen o no crezcan, se basa no tanto en  evitar lo negativo sino en potenciar lo positivo. Y el bien más preciado de la vida familiar es casualmente eso: vivir juntos. Mucho más que el simple cohabitar, por supuesto, y que en ocasiones ni siquiera requiere de él. Afortunadamente no es cierto que la familia pueda definirse como un sistema. Es una comunidad en la que se comparte la vida, la totalidad de la vida. Por lo que, paradójicamente debe estar dispuesta a que se respiren en ella no solo los anhelos, mejores deseos y perfiles personales, sino también las miserias físicas, psicológicas y morales. No es bueno que estemos solos, y la familia es la mejor respuesta a esta advertencia que hemos recibido. Tanto que no parece ser debida solo al ingenio humano. Necesitamos vivir con el otro tanto nuestras positividades -ya que deben ser confirmadas para crecer, como también nuestras negatividades para ser contenidas o denunciadas ante nuestro permanente riesgo de complacencia. Por supuesto no deben estar ahí a la vista como en un cambalache. La contención sin firmeza degradará en complicidad aunque solo sea omitiendo. Al sostener la positividad de cada persona, aún ante la presencia en ella de dramáticos desórdenes, la familia muestra la majestuosa ambición de su razón de ser y Misión.

Incondicionalidad y exigencia

La incondicionalidad y la exigencia (Pieper) son nombres del amor de imprescindible presencia. A veces se nos antojan contradictorios por mal entenderlos, pero eso solo se debe a que, usualmente, alguno de ellos nos resulta espontáneamente accesible y el otro no se halla entre nuestros talentos. Amar al otro de forma incondicional consiste en que ese amor no retrocede ni aún ante el peor de sus estados o respuestas. Mientras que la exigencia amorosa es esa firme apelación a que el amado saque de sí su mejor respuesta, aquella que le es debido realizar y que quizás desea en el fondo de sí mismo, pero por momentos  no tiene suficiente confianza en lograr.

Todos necesitamos, ante la evidencia de nuestras debilidades, sabernos amados más allá de lo justo; como también que alguien nos convoque con energía a crecer desde el ideal único e irrepetible que hay en mí. Cuánto más hoy cuando la condena y el juicio en un extremo, como la permisividad claudicante y resignada en el otro, parecen socialmente una ecuación imposible de resolver y cuyos términos  se denuncian e increpan mutua e inútilmente.

Al ser la familia, como decíamos, un comunidad y no simplemente un sistema, requiere que sus vínculos sean interpersonales y no solo interconexión de roles y funciones. Al presentar la paternidad –o parentalidad al decir de hoy- como una función se la vacía de su energía y riqueza infinita que consiste en que en la familia todos y cada uno son un alguien concreto y en sí mismos frente a otro alguien. Necesito saber que mi padre actúa como lo hace porque me ama y no solo debido a que cumple una función exigible por el Código Civil –a la que se encuentra vinculado por cierto. Milenario y sabio es que las sociedades mantengan los vínculos siempre legalmente sujetos, pero convengamos en que cuando una familia llega a esas instancias ya hay mucho daño padecido. La riqueza del encuentro interpersonal es insustituible; sea bajo la forma de diálogo hablado, de la actividad compartida, etc.. La funcionalidad de nuestras acciones son sustituibles, pero la vida interpersonal de la que brotan los vínculos familiares no.

Claro está que tales vínculos pueden ser dañinos. Las heridas más significativas y profundas son muchas veces producidas precisamente en esos vínculos familiares; y los psicólogos estamos muy al tanto de eso. Pero si esas heridas logran ser sanadas y superadas lo harán, muy causalmente, en otros vínculos interpersonales. La auto-sanación prescripta en más de un vademécum hoy a mano no deja de ser la reedición del mito del Barón de Münchausen. Y me temo que las psicologías de mayor difusión no dan cuenta de ello.

Vínculos cercanos, íntimos y personalizados son el humus de la prevención familiar de tal manera, decíamos, que si no evitan un desorden son el mejor “espacio” para su sinceramiento  y posible solución.

La superación del temor

Frecuentemente el temor a las adicciones y sus consecuencias motiva que en las familias se evite su mención y se excluya del diálogo. Pero esto me parece  ciertamente un error. Aún sabiéndose “parte” de una sociedad la familia debe, muchas veces, asumirse como “signo de contradicción” ante algunas prácticas y criterios. Y en ese sentido debe hacer uso del poder de  la condena y el anatema del uso de drogas, de cualquier tipo del que se trate. Más aún cuando a su exterior ya están sentadas las bases para una claudicación en ese sentido. Pero muy a menudo no lo hacen debido a que temen “crear” un problema cuando no existe. O agregarlo a la lista de otras prohibiciones y sus consabidas desobediencias. En muchas otras ocasiones lo creo atribuido a que el padre o madre ya no se encuentra en condiciones de libertad y decisión interior para abordarlo. Quizás conozcan en ellos mismo adicciones y la vivencia de culpabilidad los debilita. O quizás, simplemente, han “bajado los brazos” ante otras tensiones propias del educar como el manejo de los horarios frente a la PC y las redes sociales, o ya haya retirado de la agenda el hablar sobre el respeto mutuo, o los compromisos domésticos de convivencia, o el sentido de  la sexualidad, etc..

Pero he sido, muchas veces, testigo de cómo y hasta qué punto,  ante la evidencia de un hijo o un padre tomado por una adicción con el consabido deterioro anímico consecuente, hijos, padres o hermanos reencuentran, dramáticamente, una capacidad de compromiso  extremo, y con renovada sinceridad la familia enfrenta cara a cara heridas, desencuentros y otros males y los vínculos interpersonales vuelven a ser cauces profundos abundantes de mucho dinamismo sanante. La contención y la firmeza son provocadas al límite, la herrumbre y el polvo de la pereza se sacuden y la mezcla de heridas y reencuentros aparece entonces en todo su misterio. Inevitable parece la  evocación de aquello de “feliz culpa…”.

Concluyendo: Identidad y Misión de la Familia

Claro es que debemos intentar evitar semejante costo. Pero eso no está siempre a nuestro alcance, como hemos dicho. O quizás lo estuvo pero no lo pre-vimos. Debemos recuperar la convicción de que la acción debe emprenderse y tiene, en sí misma, su sentido aunque no la vea yo florecida.

Es notable la convergencia entre identidad y Misión en la familia. Recordemos la contundencia con que nos resonaba la convocatoria de Juan Pablo II: familia lo que eres. O sea una comunidad de acompañamiento en el peregrinar que significa todo vivir. Esa comunidad transcurre a veces en fértiles  encuentros en la cocina o el living. Y en otras se parece más a un “hospital de campaña”, al decir de Francisco. En ambos y entre ambos espacios imaginarios puede darse el cumplimiento pleno de su razón de ser: ser y convertirse en una comunidad de testigos y profetas del amor y sus vicisitudes.

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