Drogadicciones

Compartimos la ponencia de Fernando Estrada, miembro del OPRENAR, formalizada en la Academia del Plata en el marco del Encuentro Científico 2016: “El Peligroso desafío de la droga y el narcotráfico”, el 25 de agosto, junto a destacados exponentes:

Por Fernando Estrada, miembro del OPRENAR

En contraposición con lo expresado en esta jornada, abundan las voces que afirman que “la guerra contra la droga se ha perdido”, y que por consiguiente, corresponde ingresar en la hipotética paz basada en la legalización de los estupefacientes. Esta postura la propuso hace veinte años la National Review en los Estados Unidos, con cierta sorpresa de sus lectores, pero pronto se vio en ese país cómo desde posiciones ideológicas y políticas tradicionalmente opuestas se tendía un puente de coincidencias en la materia, desde la trinchera del liberal Milton Friedman hasta la del neomarxista Noam Chomsky.

Resultado de imagenEn América Latina hay avances de algunas legislaciones hacia la permisividad de la comercialización y consumo de drogas -como el caso de Uruguay- y abundan declaraciones de figuras públicas, que transparentan la intención de ablandar resistencias que pueden obstaculizar ese camino. También en esta región del mundo parecen coincidir los opuestos: desde el ex presidente de México Vicente Fox, en nombre de la libertad de mercado como remedio, hasta el bolivariano Evo Morales, representante del antiimperialismo, se ha formado un ecumenismo ideológico cuyo credo central aparece diáfanamente expresado en el documento que produjo la socialdemócrata Fundación Friedrich Ebert de México donde se afirma: “Combatiendo la discriminación y estigma asociados al uso de drogas y manteniendo siempre en cuenta que las drogas son una realidad ineludible al día de hoy, que está por encima del dogma y de la moral. Se debe proveer la información objetiva y científica para responder a las necesidades comunitarias y sociales”, (desde luego, para producir droga de mejor calidad, la “droga buena” que no existe).

Las drogas estarían así por encima del dogma y de la moral. Es presumible en este contexto que por dogma se entiendan las conductas prescriptas por la Iglesia Católica, cuya práctica no obliga a los no creyentes. Lo que suena extraño es que se diga que el uso de drogas esté por encima de la moral que sí obliga a todos los hombres. Y eso por el solo hecho de que se considere a la droga una realidad ineludible al presente. Es decir, el tema de las drogas escaparía a las consideraciones de la moral.

Es aquí -precisamente con estas expresiones que van más allá del relativismo- donde se advierte que al permisivismo se le escapan las posibilidades de enfrentar el problema, porque  es por esencia moral. En efecto, la droga, por más que sea, “una realidad ineludible al día de hoy”, solo cobra significado cuando se relaciona con decisiones humanas, que se caracterizan por tender hacia una finalidad. Cualquier sistema de moral y ética, propone metas que considera las más satisfactorias para la humanidad, a ser alcanzadas mediante conductas que mejoran al individuo que las practica y benefician al grupo social donde está inserto. En definitiva, se trata del mandato evangélico de amar al prójimo como a sí mismo, y este amor  impone perfeccionarse, lograr lo mejor de sí, desarrollar al máximo las posibilidades de ser virtuoso que cada uno lleva en su mochila.

Por eso un documento de espíritu muy diverso al citado anteriormente, originado en el Consejo Pontificio para la Familia, señala que “la droga es síntoma de un malestar profundo. La droga no entra en la vida de una persona en forma repentina, sino como una semilla que arraiga en un terreno preparado durante largo tiempo”. Es una enfermedad del espíritu lo que lleva a un individuo a drogarse y esa patología consiste en no saber responder a algunos interrogantes fundamentales de la existencia.

Artistas y literatos han buscado en distintas épocas sus paraísos artificiales, como los llamaba Baudelaire, confundiendo alucinaciones con inspiración o estro poético. Hasta Aldous Huxley interpretó a través de sus intoxicaciones personales que la mezcalina constituía el camino más directo para llegar a las experiencias místicas (Las Puertas de la Percepción, Cielo e Infierno). Pero estas aventuras temerarias, habitualmente de final desgraciado, se desarrollaban en ámbitos intelectuales acotados, sin contaminar al grueso de la sociedad ni afectarla mayormente en sus costumbres.

Resultado de imagenUn gran cambio se operó después de la Segunda Guerra Mundial, que hizo de las drogadicciones una pandemia. En su comienzo de aspecto paulatino y después acelerado se fue expandió el consumo de estupefacientes, traspasando con el mismo ritmo a sustancias cada vez más peligrosas. El fenómeno llegó a ser considerado revolucionario, especialmente cuando en Europa occidental y en Estados Unidos comenzó a vérselo como distintivo de la generación hippie.. No se trataba de una actitud que se agotara en sí misma, es decir, que se conformara con sus prácticas sin alcanzar a quienes no la compartían. Lejos de ello, lo que se manifestaba, en palabras del historiador Pierre Chenu, era: “Un poderoso y dinámico instinto colectivo de muerte, con una rica gama de recursos, en nuestras culturas curiosamente exangües”.

Marie Dominique Chenu pertenecía a una escuela historiográfica que destaca la importancia de las investigaciones sociales sobre períodos prolongados, las “olas largas” del tiempo, pues un período histórico no puede quedar explicado solamente por las crónicas y biografías de los contemporáneos, sino que es deudora de hechos de todo tipo que la han precedido y que de alguna manera la condicionan. Y aunque para comprender plenamente la condición de los espíritus en la Segunda Postguerra Mundial era preciso remontarse a catástrofes como la ruptura de la Iglesia en el siglo XVI, una aproximación adecuada –decía Chenu- se obtiene considerando los desgarramientos de convicciones y mitos traídos por la Gran Guerra de 1914, junto con la suma incalculable de tragedias personales que acompañaron a la quiebra de las instituciones. Nadie podía dudar que los Estados nacionales habían pedido demasiado en vistas de los resultados obtenidos; la desilusión colectiva abonó el terreno para las ideologías revolucionarias, particularmente el comunismo y el nacional socialismo, y con ello a los espantosos conflictos de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. No resulta extraño que tantos sufrimientos hayan oscurecido en las generaciones del siglo XX la capacidad de comprender cuáles eran los fundamentos históricos y metafísicos de la civilización occidental. Más aun: que llegaran a repudiarlos.

El vaciamiento espiritual progresivo tuvo su manifestación simbólica en el famoso “Mayo Francés” de 1968 y poco más tarde en el “Festival de Woodstock” en Estados Unidos. Si bien ambos episodios resultaron fugaces y sin consecuencias institucionales notables, evidenciaron el vacío cultural paradójicamente instalado en los medios universitarios e intelectuales. Muchos de sus alborotados promotores hicieron más tarde carrera en la denostada sociedad burguesa sin abjurar por ello de su petardismo. En realidad, eran una expresión definida de aquello en que la sociedad burguesa se había transformado.

No nos despidamos de Pierre Chaunu sin volver a lo que llama instinto de muerte en nuestra civilización, que él asocia particularmente al invierno demográfico y a la institucionalización del aborto. Así dice en su benemérito libro “El pronóstico del Futuro”: “Una sociedad no puede vivir sin afirmar su relación con el pasado. Al cuerpo social le pasa lo mismo que a los individuos que lo componen. La sociedad se identifica en la integración del pasado, análogamente a lo que sucede con cada individuo: la conciencia que tengo de mí mismo es a la vez conciencia de mi cuerpo y de mi pasado. Soy un pasado que avanza hacia un presente y se proyecta en un futuro…Si la crisis de las sociedades occidentales es antes que nada una enfermedad de la memoria, toda terapéutica entraña, por fuerza, una recuperación del pasado, una restauración de la memoria. No se puede hacer vivir a un cuerpo social que reniega de su pasado, que rechaza en bloque su historia”.

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A pesar de esta transcripción tan ilustrativa cabe dudar de la validez de la expresión “instinto de muerte”, posiblemente derivada de la antropología de Sigmund Freud. Porque lo que se manifiesta primeramente en los seres vivos es la voluntad de existir, a la que le sigue la de perfeccionarse. Es cierto que cuando éstas se evaporan la muerte parece atractiva y es buscada como por un instinto antinatural, que frecuentemente se expresa bajo la forma de la violencia contra el prójimo.

Lo normal, pues, no es el “instinto de muerte” sino el “sentido de la vida”. Es sabido que esta expresión constituye el gozne de la llamada logoterapia, la escuela de psicoterapia fundada por Víctor Frankl. En una de sus obras más sustanciosas, “La Presencia Ignorada de Dios”, escribe: “Vivimos en una época caracterizada por un sentimiento de falta de sentido. En esta nuestra época la educación ha de imponer el máximo empeño no sólo en proporcionar ciencia, sino también en afinar la conciencia, de modo que el hombre sea lo bastante perspicaz para interpretar la exigencia inherente a cada una de sus situaciones particulares. En una era en que los Diez Mandamientos parecen estar perdiendo su validez para muchos, debe el hombre ponerse en condiciones de percibir los 10.000 mandamientos que se desprenden de las 10.000 situaciones con las que se ve confrontado en su vida. No solamente le parecerá así que su vida vuelve a tener sentido, sino que él mismo estará inmunizado contra todo conformismo y totalitarismo; porque sólo una conciencia despierta y vigilante puede hacerle resistente, de tal modo que ni se abandone al conformismo ni se doblegue ante el totalitarismo”.

Frankl amplia el concepto en su obra: “Así pues más que nunca la educación es educación para la responsabilidad. Vivimos en una sociedad de abundancia, pero esta abundancia no es sólo de bienes materiales; es también una abundancia de información, una explosión informativa…Si el hombre en medio de todo este torbellino de estímulos quiere sobrevivir y resistir a los medios de comunicación de masas, debe saber qué es o no es lo importante, qué es o no lo fundamental; en una palabra, qué es lo que tiene sentido y qué es lo que no lo tiene”.

Estas palabras destacan la importancia de la acción educativa para encontrar o recuperar el sentido de la vida y tienen significado trascendente para enfrentar el problema de las drogadicciones en nuestra Argentina de hoy. En este escenario nos encontramos con lo que podríamos llamar tipología general de las drogadicciones pero también con modalidades propias de los distintos grupos sociales en que se encuentran los consumidores de estupefacientes. El vacío existencial es sin duda la condición que todos comparten, pero situaciones de miseria emocional y material hacen que algunos se intoxiquen con “paco” y no con sustancias más elaboradas. La eficacia que se espera de la lucha contra la droga en la Argentina depende en buena medida de que se tengan en cuenta los condicionamientos de este género y de todo tipo que acosan a la población en situación de riesgo.

Con esa actitud de realismo se construyó el OPRENAR, siglas del Observatorio de Prevención del Narcotráfico. Se trata de la convergencia, impulsada por las Academias Nacionales de Educación y de la Empresa, de casi treinta instituciones universitarias que han comenzado a aportar sus experiencias e investigaciones sobre el tema. El 27 de octubre de 2014 el OPRENAR realizó su primer Seminario, en el cual el Dr. Pedro Luis Barcia, presidente de la Academia Nacional de Educación, denunció el incumplimiento de la Ley 26.586 en lo referente a la inclusión de contenidos de prevención de adicciones en el sistema educativo argentino; y señaló su ausencia en los currículos de formación de los docentes, en los cuales no figuran como contenidos básicos.

La mencionada Ley fue promulgada en diciembre de 2009, en ella se propuso el Programa de Educación y Prevención sobre las Adicciones y el Consumo Indebido de Drogas. Como explica el doctor Barcia, esta Ley “motivó una campaña inicial de folletería, sitios electrónicos y carteles. Luego se amorteció, porque nunca se le dio cabida a la excelente propuesta adjunta a la Ley para la aplicación concreta a los tres niveles de enseñanza con bajada a la diaria realidad educativa que es el aula. Hemos perdido largos años irrecuperables frente al avance de la desgraciada oferta de sustancias a nuestros adolescentes, sin que las autoridades hayan atendido a la lucha cotidiana por la prevención cada día en cada aula de cada escuela como hubiera correspondido”.

Se advierte en estas observaciones la importancia que reviste la participación del sistema educativo en la lucha por la erradicación del narcotráfico, y especialmente de las drogadicciones. Y en este orden el principal aporte del sistema educativo se encuentra en sus posibilidades de ejercer una prevención eficaz. Por eso quiero cerrar esta intervención destacando la importancia de un manual recientemente aparecido que ilumina sobre este aspecto vital y del que transcribiré algunos conceptos. Se trata de “La Prevención Educativa de Adicciones: Guía Básica para Docentes”, editado por la Academia Nacional de Educación y cuyo autor es el ya mencionado Pedro Barcia. Podemos leer allí:

“La prevención es sinónimo de pre-visión, es decir, de vista anticipada, de anticipación. La formación misma de la palabra la consolida en su prefijo pre, ‘antes que’. La prevención es, inicialmente, una forma de prognosis. Se conoce lo adveniente por lectura de los signos que revelan la aproximación, el avance por grados de una realidad aun no instalada. La prevención exige una lectura semiológica de la realidad. ‘Cuando ya están tiernas las ramas y empiezan a brotar las hojas, ustedes saben que se acerca el verano’ (Mateo 24, 32). Y saber leer dichos signos denunciantes es el primer paso en la preparación para actuar. La idea es que aquello que avanza amenazante nos encuentre pertrechados, lo que en el plano educativo supone: conocimiento del adversario y de sus instrumentos y tácticas, por un lado; y desarrollo en nosotros de competencias que nos hayan capacitado para alejarlo, frenarlo, debilitarlo o enfrentarlo, y preparar lo necesario para la lucha y un proyecto elaborado de trabajo que nos oriente y dé sentido a las estrategias y dé tácticas.

“Es vano que sólo se tracen diagnósticos precisos del estado de la cuestión si no estamos, más que alertados, formados para la confrontación; es vano que se exhiban estadísticas, por altamente valiosas que sean, si todo esto no va asociado estrechamente con la formación de educadores con capacitación firme de preventores. Y es aquí donde puede banalizarse la situación, porque se suele reducir la lucha real a cuadros y tortas informativas y a papeles declarativos de buenas intenciones. Es confundir el mapa con el campo de batalla”.

“El organismo social es un campo que se ha ido haciendo gradualmente más propicio a la expansión del consumo. La tolerancia cultural acostumbra y prepara para otras tolerancias y todas juegan en contra de la prevención. Urge asentar una cultura preventiva frente a las adicciones. En síntesis, la prevención no es sólo información y advertencia, sino una actitud mucho más compleja y exigente que implica: 1) Prever; 2) Documentar seriamente la realidad que debemos confrontar; 3) Modificar el contexto permisivo que es caldo de cultivo de la manipulación; 4) Educar a los docentes desde su formación inicial incorporando a sus currículas los contenidos necesarios para su desempeño como preventores; 5) Crear la conciencia firme de que esta lucha es incesante, ardua y ubicua, porque se da en todos los frentes”.

“La dura realidad que enfrentamos hoy requiere gente capacitada profesionalmente, con responsabilidad y compromiso hondamente asumidos, con capacidad de proyecto hacedero y voluntad de realización”.

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