Cocaína: la “Peste Blanca” (Parte 1)

JuanAlbertoYariaPor el Dr. Juan Alberto Yaría, miembro del OPRENAR y Director General de GRADIVA – Rehabilitación en Adicciones

“…El problema es que el tratamiento para la adicción a la cocaína tiene una cura: dejar de usarla; suena simple pero no es fácil”, Cocaína: La Peste Blanca (G.Nahas – EE.UU)


Estamos en una epidemia en donde la “Peste Blanca” pretende resumir como título a un actor central de esta era que se anuncia ya en la década del 80 en donde la  súper-estimulación es clave. Rendir, no dormir, performance, estar “a mil”. Invade las calles, las Bolsas de Valores, las redacciones, las familias, las escuelas y las universidades, las fiestas, etc. El sentido de todo es el exceso para lograr la performance y esto reemplaza la proyección. Más que proyectar día a día hay que rendir.

Hipermodernidad como nuevo tiempo de la humanidad marcado por la información en tiempo real e instantáneo. Tiempo de la robótica y del inicio de la computación y de la comunicación. El hombre se asimila a ese modelo, se asemeja a esa máquina veloz. El ser humano también ya es veloz aunque sea artificialmente. Lo definió, perversamente, el llamado “Patrón del Mal” Pablo Escobar Gaviria cuando describen sus biógrafos: ”con esto no van a poder los ejércitos”. Husmeaba un nuevo tiempo en donde esta droga iba a convertirse en una necesidad imperiosa para millones. Hoy esta peste blanca adquiere distintos nombres: cocaína, crack, pasta base, pastillas estimulantes, metanfetamina, éxtasis. El antecedente en muchos casos es la marihuana que, desde mi punto de vista, junto con el alcohol son los cursos preparatorios que en muchos casos culminan luego del shock del “flash blanco” en drogas de huida neta y nirvanicas como los opiáceos (plantas adormideras). Nuestro país es el primer consumidor de cocaína de América del Sur y el segundo en toda América luego de Estados Unidos.

Resultado de imagen para cocainaNahas, científico de nota y que incluso fue contratado por el gobierno chino para prevenir probables epidemias de drogas en la década del 80, luchó en el estado de California para mostrar los daños. En los ambientes artísticos, culturales y empresariales era considerada una droga “recreativa”. El viejo maestro Nahas con quien tuve el honor de estudiar en Argentina y EE.UU luchaba en su país contra la cultura de la implantación de la cocaína que se la consideraba, como en la Argentina de los 80 y todavía en algunos sectores en la actualidad, como una droga recreativa y de la diversión.

Mientras tanto en los 80 los experimentos animales nos mostraban lo contrario, los ratones de laboratorio morían por consumir esta droga y ni siquiera comían. En los humanos pasaba lo mismo. Clínicas, sanatorios, hospitales y consultorios se llenaban de pacientes que como los ratones tampoco “podían parar”. Accidentados. Hemipléjicos. Homicidas. Muertos. La sociedad a través de voceros privilegiados seguía hablando de la droga de la “felicidad” y que además no generaba daño. El no poder parar no era solo lo que les sucedía a los roedores en los 90 desde el Nida (Centro Nacional de drogas de EE.UU) se empezó a observar los cambios en el funcionamiento cerebral a medida que el órgano se iba adaptando a su uso. Cambios funcionales químicos y eléctricos, y modificaciones estructurales (infartos cerebrales, por ejemplo).

La Argentina de los 80

En nuestro país durante los 80 murieron personajes encandilados por el “polvo blanco” como pasaba en Norteamérica. Ilusión de potencia y omnipotencia que era el pasaporte seguro a la autodestrucción. Toda superación de límites, parecería, -al fin- nos limita de la peor manera. Olmedo se tira de un balcón. Otros participan en horrendos crímenes. Ha caído hace unos años el “Último de los Mohicanos” de esa época, el “Facha Martel” que incluso llegó a vivir en un auto abandonado. La cultura de la droga se estaba instalando en esa época y llamativamente, y a la vez simbólicamente “La Ciudad Feliz” era testigo y testimonio de ese momento. Nuestra sociedad estaba perdiendo la noción de fiesta ya que en la post-modernidad es suplantada por el exceso. Es la fiesta vivida inmediatamente en el cuerpo y a través de los grupos en lo colectivo. En este tipo de fiesta con excesos está el placer. En la post-modernidad las drogas y sus excesos remplazan todo. El sentimiento que parece acompañar a la fiesta post-moderna es la tristeza y el vacío, como su contracara.

Siglo XXI

La droga entra ahora en este nuevo tiempo en la familia. Hoy es común observar familias enteras de consumidores o grupo de hermanos, padre e hijo o madre e hija. Plantas de marihuana en los jardines o excursiones para ir a encontrarse con un supuesto “chaman” que los “ilumine” con el hongo alucinógeno con ayahuasca. En Gradiva el 62% de los pacientes tienen algún familiar consumidor. La tercera población de consulta son familiares en contacto con la droga; la segunda son patologías de adultos con daños severos en los distintos sistemas orgánicos y con alteraciones mentales por un consumo de muchos años y en primer lugar de los jóvenes. El costo social de todo esto es central.

Las drogas en la vida familiar llevan a fenómenos contrarios a todo desarrollo sano: a. rechazo de los hijos si los padres están en carrera de consumo con conductas contradictorias, violentas e incluso perdidas de las diferencias generacionales con abusos sexuales; b. codependencias permisivas y cómplices  en donde algunos de los familiares oculta información a otros sobre la conducta de alguien e incluso le facilita la compra de drogas; c. sociedades adictivas entre hermanos o padres generándose una verdadera debacle del sistema familiar y por ende de toda socialización.

Los costos en calidad de vida de la sociedad son inmensos. Económicamente un país se resiente enormemente ya que las ausencias laborales, los costos judiciales, médicos, penitenciarios y básicos, y fundamentalmente se va devaluando la cultura y la educación social.

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