Drogas: Los Nuevos Desaparecidos

 

 

“En el mar bravío que es el vivir, nuestro “salvavidas” es la cultura” ( José Ortega y Gasset)

 

Tratar implica un ejercicio cotidiano para asumir la angustia que los otros nos depositan. Ser continente de las angustias y poder devolver una reflexión-interpretación es toda una tarea con el objetivo de esclarecer y llamar a lo mejor del otro para que siga buceando en su intimidad. Hay días que todo se complica y terminamos cargados de preguntas pero también de tensiones. Familias con conflictos lindantes con la tragedia, desesperación y crisis con duelos, abandonos y traumas. Padres ausentes. Abusos, violaciones, negligencia. Madres dolidas. Pacientes que muestran los límites que ya no pueden traspasar: comas por sobredosis, accidentes casi fatales, días enteros de giras sin destino cierto, boliches, “after” luego del cierre de los boliches (8 hs a 13 hs.), “after –after” (ya por las tardes), hasta esperar la otra noche en plazas o en “aguantaderos” para seguir consumiendo. Villas de emergencia con violencias por doquier, violaciones o sexo promiscuo con una memoria que falla luego de la amnesia provocada por la gran cantidad de estupefacientes. La suspensión de la memoria anula la posibilidad de personalizar lo hecho. Triunfo de la alienación, alienaciones compartidas en muchos casos con personajes desconocidos. Es la monotonía de la muerte próxima.

Así son los días de los “nuevos desaparecidos”. Mis pacientes y sus familiares lo pueden contar ya que son sobrevivientes. Una madre me comenta que agradece a Dios (es muy creyente) porque en su barrio ya murieron dos. No son tapa de los diarios, son los “nuevos desaparecidos”.

Muchos viven de ese silencio cómplice. Cifras oficiales (Ministerio de Seguridad de la Nación) hablan de 21 mil millones de pesos que manejan bandas de tráfico, traficando alrededor de 13.000 kilos de cocaína y 184.000 de marihuana al año. Esos 21 mil millones equivalen al presupuesto de Salud de la Provincia de Buenos Aires. La comercialización mueve 1.100 millones de dólares que equivalen a muchos proyectos de desarrollo minero, energético o industrial. Detrás de estos poderes del delíto hay otros dos poderes que se guarecen en toda América Latina.

Por un lado, intereses políticos  del llamado “progresismo” que buscan la liberación absoluta del consumo y denostan cualquier programa preventivo masivo que abarque desde las escuelas, las familias y todas las organizaciones sociales. Por otra parte, tratan de limitar programas de asistencia y tratamiento. Pensemos que la Ley de Prevención Escolar sancionada en el 2006 nunca se aplicó y que obliga a tareas en todo el territorio escolar con argumentos que no resisten ningún análisis ante la magnitud de la epidemia y pandemia que vivimos en algunos sectores de la sociedad argentina. Con respecto a la asistencia recordemos que desde el 2010 no se pueden habilitar centros asistenciales pese a la magnitud del daño que se está viviendo. Absurdo típicamente argentino que no sucede en ningún país del mundo ya que en otros lugares  se busca apoyar a todos aquellos que luchan en instancias de los consumos compulsivos y mortíferos.

Por último, hay intereses económicos basados en la venta libre de marihuana medicinal, el “Caballo de Troya” que tienen las grandes empresas farmacéuticas. Las mismas cotizan en distintas bolsas del mundo, especialmente en Wall Street, y van observando cómo cada Estado de U.S.A. va entrando en la venta de marihuana recreativa. Uruguay es un ejemplo de eso y también como se están silenciando los daños que se están dando ahí.

Tres grandes intereses entonces: A) El narcotráfico vernáculo y de nuestros lares articulados a distintos países de América Latina; B) Intereses políticos en donde se sigue el viejo lema del dominio de los pueblos “cuanto peor mejor”; C) Los grandes capitales saben que la marihuana, como ya lo es el alcohol, en las jóvenes generaciones es un “abre-puertas” del cerebro y de todas sus energías químicas y eléctricas en la neurotransmisión de un cerebro inmaduro. Vendrán después las otras drogas como lo muestra nuestra clínica cotidiana: primero el alcohol en nuestra población más vulnerable, luego la marihuana y al poco tiempo otras drogas. Población asegurada, Plusvalía permanente.

Se van formando así “grupos sociales” de “desaparecidos” (“nameless” o los “sin nombre”) que deambulan en el anonimato de las ciudades organizando “ghettos” de una felicidad ilusoria  como verdaderos sujetos de sufrimiento pero que ni siquiera tienen la capacidad cerebral y de personalidad para asumirlo y enfrentarlo. Sufren los otros al verlos. El “sonámbulo” reemplaza  al que vive con vigor existencial.

 

Sociedades de la “Desvinculación”

 

El avance de la enajenación colectiva parece ser coetánea con la perdida de la transmisión de palabras, leyes y contención desde los grandes escenarios del capital social y humano de los pueblos: familia, escuela, instituciones de la espiritualidad y las redes sociales de contención que no sean virtuales (instrumentos de la enajenación actual por la forma que son utilizadas). Está sociedad está denominada por las escuelas de filosofía como “sociedades de la desvinculación”, en donde se ha perdido toda estabilidad de vínculos que es la fuente básica de la transmisión. Nada dura. Parejas. Abandonos escolares. Ausencias de personajes significativas. La vida se transforma así en pura trauma si no se viven sustentos de relatos familiares, ritos, tradiciones fundantes. No hay transmisiones generacionales porque el hueco y los agujeros de personajes sustantivos reinan por doquier. Son las crisis de las narraciones en esta cultura del vacío que vivimos e incluso en ciertos sectores se aplaude.

Desde el vacío existencial de miles  reinan los receptores de la cultura narco. La química trata de llenarlos. La comida. Los juegos electrónicos. Vamos cosechando una multitud de aislados o de “nuevos autistas”, tristes vitalmente, sin deseo y que solo se manejan por impulsos. Sin capacidad de lucha porque para luchar hay que asimilar el principio de la realidad que siempre es asumir y aceptar un cierto “coeficiente de adversidad” que todo vivir presupone. Sin relatos, limites, amor contenedor solo crece un Ego omnisciente y narcistico que no está preparado para vivir. No puede asimilar toda adversidad que supone el vivir y solo está apto para huir…huir. La química se lo proporciona a costa de transformarse en un “desaparecido” que vive en pos de ilusiones cada vez más inalcanzables.

Son los nuevos “indigentes” de este tiempo. Los que pueblan las salas de emergencia y guardias de los hospitales porteños, del conurbano y de otros sitios. Los que pueden lograr subir una ambulancia del SAME porque a veces se llegó tarde luego de la peripecia que me narran los médicos de estos servicios para entrar en ciertos “aguantaderos”. Son los que están sin rumbo y los que viven en las zozobras de desamparo.

El consumo compulsivo cuenta con el beneficio de un cerebro ya domado y que se rige por los principios de la abstinencia en donde “una copa es mucho y cien son pocas”. La angustia de la abstinencia ante cada consumo se multiplica. Quedan encerrados. Ya no pueden huir. Están cerca de desaparecer. Solo queda la aniquilación pero en medio de un delirio o de omnipotencia o de ruina. Pares que se complementan porque siempre la omnipotencia lleva a la ruina.

 

La re – vinculación necesaria

 

El capital humano y social de los pueblos se forja con una intensa vinculación entre escuelas, familias, Estado, instituciones de la espiritualidad, redes y organizaciones sociales. Prevención masiva. Reconocimiento pleno del problema.


Dr. Juan Alberto Yaria

Director General de GRADIVA y Miembro del OPRENAR

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