Familias dislocadas, menores desligados

 

 “El desapego de los vínculos anuncia una cultura del egoísmo que terminará por debilitar los lazos sociales y familiares.” Z. Bauman, “Sociedad Líquida”.

 

“Locus”: etimológicamente es el lugar de control, de orientación y de ahí, la locura como la pérdida de esa indicación  de situación en el tiempo, el espacio y el amplio mundo de los valores. La vida familiar nos localiza en el “mar bravío” que es el   vivir dignamente y con autenticidad. Sede de ejemplos y modelos que duran toda la vida. La familia “dislocada” es aquella en la  que se ha perdido ese lugar de control y de funciones claves para transformarnos en humanos. Es el germen de la confusión y la desorientación. Surgen menores desligados que aparecen en la tapa de los diarios en crímenes horrendos o que terminan en el secreto pasillo de una villa o en una noche de golpizas. Son los menores “desligados”.

Aprendo todos los días de mis  pacientes y uno de ellos me decía: “compartí merca y mujeres con mi viejo”, palabras de un adulto consumidor acerca de un padre ya septuagenario. Dos dolientes se presentaron ante mí hace unos años; un hijo (Pablo),  también padre de una hermosa beba,  y un padre-abuelo (Jorge) demolido por la mochila de las culpas acerca de una vida en donde el hijo era más un amigo y socio en empresas que un referente de una cierta legalidad. Los dos entraron en tratamiento para tratar de reparar esa historia, ahora reconocida y asumida.

Oscar en sus 17 años se presentó ante mí hace dos años luego de un largo viaje por instituciones y comisarias. Me presenta como si fuera un blasón de identidad su genealogía familiar: “mi abuelo murió por consumo, mi padre consume y yo empecé a los 12 años”. Me relata como era  su escuela en una barriada casi marginal del conurbano y del esfuerzo de los profesores para hacerle entender a los padres su dificultad y la defensa encarnizada de éstos en defender al hijo ante los supuestos ataques y equívocos de los profesores. El relato mostraba la buena voluntad de los profesores pero también las falencias normativas de la institución escolar ya que muchos consumían incluso dentro del edificio escolar.

Tanto Pablo como Oscar me relataban su pesar como los de dos condenados. Creían que nada podían  hacer ante esta genealogía de la derrota. Hoy esto es común en los centros de rehabilitación. A medida que profundizo la patología de los adolescentes de hoy agotados por la violencia y el consumo de drogas y/o alcohol más me sorprende el grado de inermidad en el que se encuentran. Parecería que buscan un límite que se ha mostrado inexistente en el ámbito inicial de la crianza que es la familia.

 

Las familias solo nominales

 

Todos los días vemos nuevas familias en donde no existen vínculos de palabra, encuentros comunicacionales y afectivos que los congreguen. Está el padre, la madre, la heladera, el televisor, la computadora, etc. El televisor o el aparato superan a todos los vínculos. La soledad los convoca perdiéndose en los múltiples chats o Instagram. Parece no haber dialogo. Crecen en el vacío y del vacío a las drogas hay solo un paso. Todos parecen ser pares, pero en la familias hay sanamente asimetrías. El rol de padre no es par con el de hijo. Se diluyen los límites generacionales. El gran psicólogo de adolescentes M.Erickson decía que “sin confrontación del adolescente con el adulto no hay crecimiento sano”. El lugar (LOCUS) del adulto se transforma así en  otro vacío, un “hueco-agujero”. La realidad operará entonces como un límite: la sala de guardia, la comisaria, la “dura Parca”, el deterioro creciente o la muerte inútil.

El afecto materno y paterno no se puede reemplazar. Son bases de la identidad así como toda la genealogía familiar que presiden un comienzo y la fuerza de sostén de la familia ampliada. Aún agujereada y en crisis esta familia sostiene y es un marcador de Identidad e Inclusión social. Un sostén.

 

El intento de abolir el vínculo familiar

 

El vínculo familiar rescata la humanización. Parece ser  la defensa frente al tribalismo creciente producto de los desamparos económicos, las miserias espirituales y las faltas de reconocimientos que observamos por doquier en la educación de los menores con negligencias, descuidos, abandonos y abusos. Es singular que tanto los totalitarismos comunistas como nazis intentaron suplantar a la organización familiar como el último recurso burgués-clerical de disciplinamiento social. No pudieron y tanto el comunismo como el nazismo cambiaron sus políticas.

Incluso desde movimientos críticos surgidos desde mayo del 68 se soñó con la abolición de la familia. El llamado “anti-edipismo” también de los 60 abogaba por el exterminio de esta institución antigua. Se olvidaron que la filiación solo surge a través de una alianza en donde se transmiten leyes (como la prohibición del incesto) y así surgirá el “hijo de…” que buscara un destino fuera de ese grupo y crecerá autónomamente, como lo enseñaba ahí también en los 60 C.Levy-Strauss. Es la base del sistema social. Sin familias no hay una organización social posible. Tradicional, recompuesta, mono-parental  y en todas sus variadas formas es el elemento fundante del amor y la cultura y la mejor vacuna ante los “males” sociales. Es el paso a la cultura, reino de la palabra, de la donación y del encuentro. Queda atrás el ombligo como base de la existencia y aparece la existencia como revelación y amor.

Elizabeth Roudinesco, historiadora y psicoanalista francesa en su libro “Familias en desorden” dice que ésta es el “último refugio frente a la tribalización de la sociedad globalizada”. El gran tema que se avecina será ver qué sucede con la procreación médicamente asistida, las madres sustitutas y la clonación prescindiendo del hombre. Si la mujer controla totalmente a la reproducción nos podemos preguntar qué pasará con la figura del padre. ¿Asistiremos al nacimiento de la omnipotencia materna?. ¿Sobrevivirá la familia a estos nuevos desordenes?.

La familia ha dejado de ser el lugar de la obediencia social o el último residuo burgués y clerical como desde ciertas tribunas ideológicas del siglo XIX y XX se creía. Hoy es quizás el único lugar de humanización que queda. ¿Quizás por eso aumentaron tanto las distintas y variadas enfermedades mentales al existir estos problemas de convivencialidad?

El maestro de psicoanálisis argentino G. Maci dice: “ante la caída del orden simbólico familiar aparecen dobles protectores”. No hay acompañamiento simbólico en el desarrollo  y esto parecería  quedar suplantado por distintos padrinos que están en la esquina, en los “transas”, en los patovicas o en el tarjetero del boliche prestigiado. Esos “dobles protectores” más que abrirnos caminos parecen introducirnos en un túnel. Surgen los menores desligados y de ahí al suicidio, hay solo un paso.


 

Dr. Juan Alberto Yaria

Director General GRADIVA y miembro del OPRENAR

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