“Sobrevivir a las drogas en Teherán”

Les compartimos la publicación de La Vanguardia.

drug polvo

Akbar creció sin padre y cayó en el infierno de la metanfetamina, ahora rescata a decenas de jóvenes drogodependientes de los suburbio.

Al llegar a uno de los patough y recibir la autorización del líder de esta especie de comunidad de adictos a las drogas, los coches se estacionan uno tras otro y rápidamente empiezan a descender voluntarios, muchos de ellos ex drogadictos, que cargan bolsas con cajas con arroz y pollo cocido preparado en la cocina comunal de la organización Mahak. Metros más adelante, en una especie de cráter formado en esta planicie de tierra, pequeñas fogatas alumbran la noche y dejan ver la figura de decenas de personas sentadas sobre la tierra desértica.

Akbar estaciona su camioneta alejado de la caravana y se baja sin llamar la atención. Protegido por la oscuridad, busca un lugar propicio desde donde observar esta imagen de decenas de hombres y mujeres que buscan refugio alrededor de hogueras, algunas prendidas con neumáticos, y que apenas tienen voluntad para levantarse a recoger las cajas que les entregan los visitantes, a quienes ya reconocen por la fuerza de la costumbre.

Muchos de estos hombres han pasado el día recogiendo basura en otros sectores de Teherán para poder recolectar un poco de dinero que les permita comprar la droga que consumen a estas horas de la medianoche. Gran parte de las mujeres sobreviven vendiendo su cuerpo. Y muchas veces sus hijos viven en estas planicies con ellos, medio escondidos para que la seguridad social no se los lleve.

‘Shishe’ significa cristal en farsi, una metanfetamina que se obtiene con facilidad en Irán

“La comida es una excusa, no es nuestro objetivo alimentarlos. Solo queremos crear lazos de confianza y dar oportunidades a los que quieren salir de aquí”, explica Amu Akbar o tío Akbar, como lo llaman sus colaboradores.

La noche que lo acompañamos no era una cualquiera. Antes de comenzar este recorrido semanal por los lugares más sórdidos y peligrosos de Teherán, ha celebrado con su cumpleaños los 14 años que han pasado desde que superó la adicción. Ha habido pastel y una larga ovación. De su época como drogodependiente Akbar prefiere no hablar por respeto a sus hijos.

Meses después de haber iniciado su rehabilitación visitó por primera uno de los tantos descampados donde cada noche se reúnen los adictos para repartir comida. Entonces la única compañera era su esposa. Así continuó durante cuatro años hasta que hace una década recibió permiso oficial para poner en marcha la ONG que ahora cuenta con decenas de empleados y voluntarios, muchos de ellos ex adictos, que dan apoyo a aquellos que quieren cambiar de vida.

Pero no solo eso, también dan soporte a personas que siendo adictas quieren buscar un escape durante el día o a madres que no tienen donde dejar sus hijos durante el trabajo. “Le voy a decir la verdad, yo no los ayudo a ellos, ellos me ayudan a mí”, sostiene Akbar, de 47 años, tratando de buscar la mirada del interlocutor –como hace siempre– mientras conduce por las autopistas de Teherán al lado de Ladan, una de las tantas personas que ha ayudado a salir de la adicción en estos años.

Esta mujer ya entrada en años no pasa desapercibida en Irán y menos en estos lugares de mala muerte. Antes de la revolución islámica fue bailarina en los entonces famosos cabarets del sur de la capital. Debutó con éxito en el cine y cayó en las drogas. Vivió 30 años en la calle. El shishe , cristal en farsi, es decir, la metanfetamina, le ha comido los dientes.

“Conseguir drogas en Irán es muy fácil. No son baratas, pero los adictos logran pagarlas”, reconoce Ladan. Fue hace un poco más de tres años que se encontró con Amu Akbar y logró desengancharse. Ahora tiene su propio piso y lleva una vida normal. Akbar lo celebra pero advierte que hay un 50% de riesgo de volver a caer.

La cifra sobre el número de drogadictos en Irán no es precisa, aunque la cifra más probable es de seis millones. Akbar admite que en épocas de mayor presión económica, como la que vive el país actualmente, el consumo aumenta.

La presión social fuerza a muchas familias a abandonar a sus hijos drogodependientes

“La diferencia del trabajo de Amu Akbar con otros centros de rehabilitación es el sentimiento de pertenencia que les da a los adictos”, cuenta Ladan con la voz ronca de quien ha sido muy fumadora. “Aquí no se juzga a nadie –añade–, todos pasan a formar parte de una familia”. Sus palabras son evidentes en los cuatro centros donde opera la organización, cada uno con una finalidad diferente pero con una política en común: nunca hacer más preguntas de las necesarias para no avergonzar a nadie.

Akbar va dando abrazos a cada una de las personas en rehabilitación que se acercan a darle las gracias y hablar con él. Explica que uno de sus trabajos más importantes es con los adolescentes, especialmente mujeres, para que no acusen a sus madres por la vida que les han dado. “Esta es una sociedad que ya se ha encargado de hacerles muchas heridas”, dice al explicar que posiblemente un sintecho en Irán tenga unas circunstancias diferentes a las de uno en Occidente .

“Aquí la causa principal no es la pobreza –explica Akbar– sino que la mayoría son abandonados por sus familias por razones especialmente relacionadas con la adicción”. En Irán la presión social es extremadamente importante para el honor de las familias y ser drogadicto es un acto criminal. Muchas familias no saben cómo justificarlo y los expulsan. De ahí que una de las obsesiones de Akbar sea apoyar a los jóvenes, educarlos y ayudarles a encontrar un empleo.

Una mañana del pasado julio decenas de niños y jóvenes hacían cola a la entrada de uno de los principales parques de atracciones de Teherán. Muchos pertenecían a Mahak. había muchos vendedores de la calle. Entre la multitud destacaban Parisa, Donia y Sahar, tres chicas que hasta hace unos meses eran drogodependientes y ahora son voluntarias de Mahak.

A Parisa, de unos 13 años de edad, la habían encontrado sola. Es una niña que tiene la mirada perdida y apenas lo necesario. “No sabemos nada de ella, pero podemos imaginarnos por lo que ha pasado y lo que han hecho con ella”, dice una de las asistentes sociales. Donia, mucho más vivaracha, vivió hasta hace poco con su madre en un cementerio abandonado.

“Yo pasé mi infancia respondiendo a la pregunta de dónde estaba mi padre –explica Akbar–. Se había ido a la guerra y pasaron años sin que conociéramos su paradero. La vida de estos niños no es diferente. Nuestro punto en común es que ninguno de nosotros ha tenido realmente un padre”.

El Akbar próximo proyecto de Akbar es ayudar a los transexuales rechazados por sus familias. Pero esta es otra historia.

Fuente: https://www.lavanguardia.com/internacional/20190831/47109628712/sobrevivir-a-las-drogas-en-teheran.html

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