La pandemia de COVID-19 puede cambiar el “subestimado” papel de las mujeres en el narco

Mujeres WP

Carolina Sampó, especialista, afirmó que la crisis económica derivada de la epidemia “va a ser tan grande y larga que abre muchísimas oportunidades para que las organizaciones criminales, específicamente las que se dedican al narcotráfico, se valgan de estas mujeres”.

El mundo del narcotráfico es dominado por hombres: las mujeres están invisibilizadas, a pesar de que “ha habido algunos casos puntuales recientes que tienen que ver con la herencia del negocio del marido, padre, hijos, y demás”, aseguró Carolina Sampó, coordinadora del Centro de Estudios sobre Crimen Organizado del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de La Plata, en Argentina.

Sin embargo, consideró que la pandemia de COVID-19 podría cambiar el paradigma.

Las mujeres no suelen ser figuras relevantes en el crimen organizado, “más allá del lugar que ocupan como ‘acompañantes de’. De alguna manera, me parece que en el caso de la pandemia este movimiento que podría llegar a darse en las organizaciones criminales tiene más que ver con las bases”, dijo la especialista.

Si uno mira las estadísticas de Brasil, el 90% de los miembros de las organizaciones criminales son hombres, lo cual también se ve reflejado también en las prisiones y en la cantidad de muertos, que son, en su mayoría, jóvenes de entre 15 y 25 años.

“A los núcleos duros, a las bases que han tenido las organizaciones criminales repartiendo despensas, por ejemplo, en los barrios en los que buscan generar apoyo o tener más legitimidad y tener más poder, lo que se está intentando es asegurar la continuidad de esa organización criminal, asegurar el espacio de control territorial”, señaló.

En ese espacio de control territorial, en los barrios más pobres, las mujeres, según Sampó, tienen un rol “muy importante” en la organización. Tomando en cuenta la experiencia de Argentina, donde en las villas miseria (el equivalente a las favelas brasileñas) lo que se empezó a observar fue cómo las comunidades se organizaban: esa organización venía “muy de la mano del rol de las mujeres”.

“De repente lo que se empezó a ver fue que las mujeres se organizaban para mantener la distancia social, mantener los pisos y las calles limpias, para que cuando se ingresara al barrio se siguiera un cierto protocolo de limpieza que evitara la propagación del virus dentro de estos barrios. Entonces, de alguna manera, las mujeres aparecen como organizadoras y, como decía un colega, las mujeres se empiezan a posicionar en ese sentido como agentes de cambio”, declaró la especialista.

La situación es tal que permite que el estado pueda valerse del rol de esas mujeres como agentes de cambio y así mejoren la situación de aquellos que viven en estos lugares más desfavorecidos. Como el estado no toma este papel, que según Sampó “tiene la oportunidad de tomar”, las organizaciones criminales se aprovechan de la situación para valerse de la posibilidad que tienen estas mujeres de llegar a las comunidades de una forma más “sencilla y accesible”.

En términos de la crisis económica, derivada de la emergencia sanitaria por coronavirus, también hay un punto de quiebre: parece que ésta “va a ser tan grande y larga que abre muchísimas oportunidades para que las organizaciones criminales, específicamente las que se dedican al narcotráfico, se valgan de estas mujeres”, dijo Sampó.

Para esto, de acuerdo con la especialista, hay que presuponer que existe una población masculina que ya fue acotada por las organizaciones criminales en esos espacios territoriales, y que las mujeres parecen no formar parte todavía en un 100%, por lo menos de la estructura base de estas organizaciones. “Por ahí es la cuestión de la inclusión de las mujeres por parte del crimen organizado”, puntualizó.

“Mucha de la gente que vive en estos barrios más periféricos vive de la economía informal, del día a día. En los países donde la cuarentena todavía se mantiene o es muy estricta, dificulta muchísimo sus posibilidades de acceder al trabajo”, dijo. Las mujeres se pueden ver tentadas por las organizaciones criminales para cumplir tareas que “a lo mejor no son muy importantes o relevantes” pero que ayudan a la dinámica y al desarrollo de la organización criminal y garantizan su prosperidad.

De alguna manera, estas mujeres pasarían de cumplir un rol en la economía informal, como puede ser vender comida en la calle, a empezar a trabajar en el crimen organizado, aunque sea indirectamente como “campanas” o “halcones” (las personas que vigilan o alertan sobre la presencia de autoridades o enemigos), “cumpliendo tareas chiquitas que tienen que ver con lo cotidiano” dijo.

“Lo que puede haber es un cambio de mujeres que no necesariamente están conectadas al crimen organizado hoy por hoy, pero que en una situación de crisis económica donde no pueden garantizar su provisión mínima para vivir a través del trabajo se pueden ver tentadas de trabajar para las organizaciones criminales”.

“En las bases me refiero a la estructura más cotidiana que tiene que ver con el narcomenudeo o los halcones. En términos de las cúpulas, el mecanismo de ascenso, el trabajo cotidiano, más de la calle, el narcomenudeo, lo que tiene que ver con que el ascenso dentro de las estructuras criminales parece tener otra lógica, y parece llevar tiempo”, puntualizó.

Sin embargo, Sampó dudó: en el caso de las mujeres, salvo en específicos de herencia, “donde de repente se ha heredado el imperio de un marido o un hijo”, pareciera ser que a las mujeres les resulta difícil, si es que les interesa, ascender dentro de las organizaciones criminales. “Salvo esas que se convierten en la esposa, la novia, la mujer de. Muchas veces terminan ocupando lugares de poder como consecuencia de este rol en términos personales”, dijo.

En las cúpulas, las estructuras más altas de poder en las organizaciones criminales, parece que no hay mujeres. Solamente ocurre en algún momento, en “excepciones casi cinematográficas”: todos conocemos a La reina del sur, por ejemplo. “No es que no haya, sino que por lo menos no las conocemos abiertamente, lo que suponemos de esa falta de visibilidad es que es probable que haya muy pocas”, declaró la especialista.

“Para que tú, como criminal, te desarrolles, normalmente necesitas aliados más allá de los funcionarios del gobierno y de empresas privadas. El poder que tienen esas mujeres a nivel de comunidad, el poder de persuasión, puede allanar el camino para que las organizaciones criminales funcionen mejor y sin obstáculos”.

Después de la pandemia, la problemática va a estar vinculada a la crisis económica: organizarse hacia el interior de estas comunidades en torno a un escenario que, en términos económicos, parece que va a ser “devastador”. Más allá de lo sanitario que, según Sampó, es así: el lugar que ocupan las mujeres para reforzar los protocolos que tienen que ver con cumplir con las normas mínimas de salubridad para garantizar que el virus no se siga esparciendo por las comunidades.

“Yo creo que potencialmente lo pueden cumplir en torno a generar oportunidades que tengan que ver con el trabajo. Siempre teniendo en cuenta que estás hablando de un sector donde el trabajo es mayoritariamente informal […]

“Son personas o mujeres puestas en disponibilidad y que, de alguna manera, gran parte de lo que vaya a pasar después de la pandemia depende de los incentivos que el estado pueda generar o no para que en lugar de allanar el camino para el crimen organizado lo obstaculicen”, dijo.

Sampó declaró que si el estado de alguna manera “las usa” para llegar a lugares donde está teniendo serias dificultades en momentos de crisis porque no tiene los recursos, “me parece que pueden modificar la situación”.

Ejemplificó con lo siguiente: “A veces se dice que es difícil repartir la ayuda, estas despensas que reparten los narcotraficantes. No quiere decir que el estado no tenga esta ayuda o no la reparta, el problema es que no contacta a los agentes clave para que la ayuda llegue a los que realmente la necesitan, y a veces el crimen organizado sí lo hace”.

Las mujeres, en ese sentido, tienen un poder dentro de las comunidades que “muchas veces” está subestimado y que el estado mismo subestima. “Me parece que en ese sentido pueden ser agentes de cambio porque permiten modificar la realidad de la gente que está en peor situación o va a estar en peor situación socioeconómica después de la pandemia. Estas mujeres pueden ser un vínculo entre el estado y esta gente y esa sociedad”.


Fuente: Infobae

Link: https://bit.ly/2D754jh

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